En Clave Internacional

Estados Unidos se aferra al trono

Posted in Estados Unidos by Jaime García on 20 agosto 2009

Barack-ObamaLos continuos fracasos en la construcción de una Unión Europea fuerte hacen que los tiempos en que Samuel P. Huntington se refería a la integración europea como el movimiento único más importante en la respuesta del mundo a la hiperpotencia estadounidense queden muy lejanos.   

Según el estudioso, que acuñó el término uni-multipolaridad para referirse a la existencia de muchas potencias y una única superpotencia, la alternativa más viable al dominio de Estados Unidos tras el colapso de la Unión Soviética era el desarrollo político del proyecto comunitario.  

El resultado de cuarenta años de confrontación entre el comunismo y el capitalismo occidental derivó en la victoria de Estados Unidos, que desde entonces ha monopolizado el poder militar, económico y político a nivel mundial, y originó la conversión de EEUU en una hiperpotencia.  

Poder económico, militar y político
La nación presidida por el fenómeno mediático más importante en años, Barack Obama, ha acaparado los distintos elementos que hacen de una nación el amo del mundo. El poder militar, fundamental, proporciona los medios para ejercer la coerción y la posibilidad de derrocar a cualquier gobierno que se atreva a desafiarla. Tomando la idea del general Clausewitz, el monopolio de la fuerza proporciona la supremacía en la guerra, la continuación de la política “con otros medios”.

Las reglas del juego han cambiado, pero los jugadores se empeñan en seguir jugando a lo mismo.  

Estados Unidos se ha postulado también durante la última década del siglo XX e inicios del XXI como rector de la economía mundial; muchos analistas hablan de poder y Producto Interior Bruto como sinónimos. Asimismo, las empresas norteamericanas han sido las impulsoras del modelo capitalista y se han convertido en verdaderas empresas multinacionales que han influido notablemente en la política exterior estadounidense. 

La conjunción de diversos factores ha convertido a Estados Unidos en el rector de la política internacional durante el último siglo, siendo los amos del poder político mundial, con la intención de superar las tensiones nacionalistas previas a la II Guerra Mundial.  

Sin embargo, la etapa de George W. Bush al frente de la Presidencia norteamericana ha coincidido con el inicio del fin del unilateralismo ‘yanqui’.  

El rey, destronado
La crisis económica más grave desde los años treinta tiene en su origen los excesos del sistema capitalista, el legado más preciado por los americanos. La caída de General Motors, por ejemplo, supuso algo más que una bancarrota; ilustraba la jubilación anticipada del neoliberalismo salvaje, heredero de la Escuela de Chicago.   

El aplastante dominio militar de la hiperpotencia estadounidense propició una rápida victoria inicial en Irak, seguida de una larga lucha repleta de errores garrafales políticos y militares, y recibida con una amplia oposición por la opinión pública (el poder popular; la protesta de las masas como un desafío fatal para los gobernantes).   

Si bien un acuerdo aprobado por 192 países adquiere mayor legitimidad y credibilidad que cualquier otro, es más discutible que la eficacia de aquéllos sea mayor que la resultante del minilateralismo.

Si la globalización propició que todos los problemas sobrepasaran las fronteras, la realidad ha demostrado que el poder político permanece firmemente amarrado al Estado-nación, por mucho que el unilateralismo se haya vuelto menos capaz de resolver la mayoría de los desafíos.  

¿La historia se repite?
Si la guerra de los bóers significó el símbolo de la decadencia del imperio británico por su alto coste político, militar y económico; la guerra de Irak podría interpretarse, más que como el destronamiento del monarca EEUU, como una llamada de atención sobre la viabilidad de una duración ilimitada del soberano mundial.   

La unipolaridad de Estados Unidos no se convertirá de un día para otro en una postura bipolar (la amenaza silenciosa de China) o multipolar, pero sí se vuelve cada año más débil mientras otras naciones aumentan su fuerza. El imperialismo diplomático es un lujo que Estados Unidos ya no se puede permitir.  

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Las potencias emergentes pasan sin llamar. A las dos opciones propuestas hasta ahora (integrarse en el orden occidental o rechazarlo) se ha añadido una tercera vía: entrar en el orden occidental, pero hacerlo con sus propias condiciones, propiciando una remodelación del sistema y fomentando el minilateralismo. Estamos, pues, ante el inicio del post-americanismo.  

Cambio de tendencia
El sistema de Naciones Unidas, impulsado por los ganadores en la II Guerra Mundial, representa una configuración del poder anticuada. La eficacia de un organismo creado en la primera mitad del siglo pasado se está revelando nula; las reglas del juego han cambiado, pero los jugadores se empeñan en seguir jugando a lo mismo. El hecho de que tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad sean potencias europeas (Gran Bretaña y Francia) o semieuropeas (Rusia) es un innegable legado de la historia, pero no puede seguir así por mucho tiempo.  

El poder político permanece firmemente amarrado al Estado-nación, por mucho que el unilateralismo se haya vuelto menos capaz de resolver la mayoría de los desafíos.

Justo cuando la globalización ha demandado una mayor coordinación entre los países, menor es la capacidad para llegar a acuerdos. Cuando las circunstancias económicas mejoran, también lo hace el nacionalismo y, por tanto, el multilateralismo decae. Eso propicia una radicalización en las posturas de las naciones, lo que se traduce en un nuevo obstáculo a la hora de responder de manera conjunta a los desafíos que se les plantean, ya sean económicos o de tipo político. Además, las posturas enfrentadas dan lugar a compromisos mínimos sin apenas trascendencia.   

La alternativa a los grandes acuerdos mundiales es la cooperación entre las principales potencias mundiales, tales como el G-8, OEA (Organización de Estados Americanos), la Liga de los Estados Árabes o el G-20; el minilateralismo.  

El avance del nacionalismo en perjuicio de la cooperación internacional puede explicarse a partir de los conceptos de legitimidad, credibilidad y eficacia. Si bien un acuerdo aprobado por 192 países adquiere mayor legitimidad y credibilidad que cualquier otro, es más discutible que la eficacia de aquéllos sea mayor que la resultante del minilateralismo. 

  

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Una respuesta

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  1. Héctor Martín said, on 23 agosto 2009 at 0:29

    ¡Qué solvencia! Parece que llevas 30 años escribiendo en un periódico. Veo que tú sí has aprovechando bien la carrera jaja. Felicidades.


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