En Clave Internacional

Fascismo y Comunismo (I)

Posted in Teoría by Jaime García on 28 septiembre 2009

jonathan-littellA menudo se utiliza el lugar común “los extremos se tocan”. En ciertos casos, el frecuente uso del dicho no le resta actualidad. El texto que sigue a continuación (lo publicaré en varias entradas) es un fragmento de la novela ‘Las Benévolas’ de Jonathan Littell (traducido por María Teresa Gallego Urrutia) y reproduce el interrogatorio que efectúa un oficial de la SD a un miembro del Partido Comunista de la antigua Unión Soviética. En el fondo, las raíces del Fascismo y del Comunismo no son tan distintas:

Uno de los ucranianos me trajo al hombre con las esposas puestas. Llevaba la chaquetilla corta de las unidades de carros de combate, grasienta y con la manga derecha desgarrada en la sisa; tenía un lado de la cara completamente despellejado, como en carne viva; del otro lado, una contusión morada le cerraba casi el ojo; pero debía de ir recién afeitado cuando lo cogieron. El ucraniano lo tiró de mala manera encima de una sillita escolar, ante mi escritorio. «Quítale las esposas –le ordené-. Y vete a esperar al pasillo.» El ucraniano se encogió de hombros, le quitó las esposas y se fue. «Son simpáticos nuestros traidores nacionales, ¿verdad?», dijo el hombre, en tono de guasa. Pese al acento, hablaba un alemán que se entendía bien. «Pueden llevárselos cuando se vayan.»-«No nos vamos a ir», contesté muy seco.-«Ah, pues mejor. Así nos ahorramos tener que perseguirlos para fusilarlos.»-«Soy el Hauptsturmführer doctor Aue –dije-. ¿Y usted?» Me hizo una leve reverencia, sin levantarse. «Pravdin, Ilia Semionovich, para servirle.» Saqué una de mis últimas cajetillas: «¿Fuma?». Sonrió y vi que le faltaban dos dientes: «¿Por qué los polis siempre le dan a uno cigarrillos? Siempre que me han detenido, me han dado cigarrillos. Dicho lo cual, no se lo voy a despreciar». Le alargué uno y se inclinó hacia delante para que se lo encendiera. «¿Qué graduación tiene?», le pregunté. Soltó una larga bocanada de humo con un suspiro de satisfacción: «Sus soldados se mueren de hambre, pero ya veo que los oficiales todavía tiene cigarrillos buenos. Soy comisario de regimiento. Pero hace poco nos pusieron grados militares y me dieron el de teniente coronel».-«Pero usted es miembro del Partido, y no oficial del Ejército Rojo.»-«Exactamente. ¿Y usted? ¿Usted es miembro de la Gestapo?»-«Del SD. No es exactamente lo mismo.»-«Estoy al tanto de la diferencia. He interrogado y a bastantes de los suyos.»-«¿Y cómo es que un comunista como usted se ha dejado capturar?» Se le ensombreció la expresión: «Durante un asalto, explotó un proyectil de obús y me cayeron unos cascotes en la cabeza». Se señaló la parte despellejada de la cara. «Me quedé sin conocimiento. Supongo que mis camaradas me dieron por muerto. Cuando volví en mí, estaba en manos de los suyos. No había nada que hacer», concluyó, melancólicamente.-«Un poitruk de elite que va a primera línea no suele ser frecuente, ¿no?»-«Habían matado al comandante y tuve que reunir a los hombres. Pero, en general, estoy de acuerdo con usted: los hombres no ven lo suficiente en la línea de fuego a los responsables del Partido. Algunos abusan de sus privilegios. Pero ya remediaremos esos abusos.» Se tocaba con cuidado, con las yemas de los dedos, la carne amoratada y magullada alrededor del ojo. «¿Eso también es de la explosión?» Tuvo otra sonrisa desdentada: «No, esto han sido sus colegas. Supongo que ya conoce estos sistemas».-«Desde luego. No me quejo.» Hice una pausa. «¿Qué edad tiene, si es que me permite preguntárselo?», dije por fin.-«Cuarenta y dos años. Nací con el siglo, como ese Himmler de ustedes.»-«Así que vivió usted la Revolución.» Se rió: «¡Pues claro! Soy militante bolchevique desde los quince años. Pertenecí a un soviet de obreros en Petrogrado. ¡No puede imaginarse qué época fue aquélla! Qué vendaval de libertad».-«Mucho ha cambiado entonces.» Se quedó pensativo: «Si, es cierto. Seguramente el pueblo ruso no estaba preparado para una libertad tan inmensa y tan inmediata. Pero ya irá llegando el momento poco a poco. Hay que educarlo primero».-«¿Y dónde aprendió el alemán?» Volvió a sonreír. «Lo aprendí yo solo, a los dieciséis años, con unos prisioneros de guerra. Luego, el propio Lenin me envió con los comunistas alemanes. ¡Fíjese que conocí a Liebkenecht, a Luxemburg! Unas personas extraordinarias. Y, después de la guerra civil, volví varias veces a Alemania, de forma clandestina, para mantener contactos con Thälmann y con otros. Usted no sabe qué vida he tenido. (…)

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4 comentarios

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  1. Luismi said, on 30 septiembre 2009 at 18:17

    Habiendo leído los tres fragmentos que has puesto hasta el momento, prefiero dejar mi comentario en este por la expresión “los extremos se tocan”. Coincido contigo en que es un lugar común, de hecho, es lo primero que se me ha venido a la cabeza cuando he leído “Fascismo y Comunismo”, pero es la mejor manera de referirse a estas dos ideologías. Al fin y al cabo, en un campo de concentración, da igual que haya una bandera con un águila imperial, con una esvástica o con una hoz y un martillo.

  2. Laura said, on 2 octubre 2009 at 21:42

    Lo llamativo cuando uno se acerca a deterninadas historias, es como dos regímenes antagónicos en principio, acaban asemejandose de tal manera en algunas de sus formas. Como objetivos tan dispares terminan no siendo tan radicalmente distintos.

  3. El Unicornio Negro said, on 5 enero 2010 at 14:32

    ¡Saludos! Tienes un blog muy interesante, te seguiré leyendo. No obstante, me gustaría pedirte que mencionaras también en tu reseña de Las benévolas el nombre de la traductora que ha hecho posible que esta obra se lea en castellano… Es un detalle que suele pasarse por alto, pero que me parece importante 🙂
    Un saludo y feliz año.

  4. Jaime García said, on 5 enero 2010 at 14:45

    María Teresa Gallego Urrutia, incluido. Gracias y saludos!!


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