En Clave Internacional

Fascismo y Comunismo (IV)

Posted in Teoría by Jaime García on 30 septiembre 2009

Fascismo-y-Comunismo

No me inmuté: «Cree sinceramente que, si casi no han podido defender Stalingrado, van a tomar Berlín. Está usted de guasa».-«No lo creo, lo sé. Basta con fijarse en los respectivos potenciales militares. Eso sin contar con el segundo frente que nuestros aliados van a abrir en Europa dentro de nada. Están ustedes acabados.»-«Pelearemos hasta el último cartucho.»-«Desde luego, pero perecerán pese a todo. Y Stalingrado quedará como símbolo de su derrota. Lo cual será un error. Desde mi punto de vista, la guerra la perdieron ya el año pasado, cuando los detuvimos ante Moscú. Perdimos territorio, ciudades, hombres, todo eso puede sustituirse. Pero el Partido no se ha ido al garete y ésa era la única esperanza que ustedes tenían. Sin eso, incluso aunque hubieran tomado Stalingrado, no habría cambiado nada. Y, además, podrían haber tomado Stalingrado si no hubieran cometido tantos errores, si no nos hubieran subestimado tanto. No era algo inevitable que los derrotásemos aquí y que su 6.º Ejército quedara completamente destruido. Pero, y si hubieran ganado en Stalingrado, ¿qué? Nosotros habríamos seguido en Ulianovsk, en Kuibyshev, en Moscún, en Sverdlovsk. Y, al final, les habríamos hecho lo mismo algo más allá. Claro que el símbolo no habría sido igual, no habría sido la ciudad de Stalin. Pero, en el fondo, ¿quién es Stalin? ¿Y qué nos importan a todos nosotros los bolcheviques, su desmesura y su gloria? A nosotros, que estamos aquí y morimos a diario, ¿qué nos importan sus telefonazos cotidianos a Yukov? No es Stalin quien da a nuestros hombres valor para abalanzarse ante las ametralladoras de ustedes. Claro que se necesita un jefe, se necesita a alguien que lo coordine todo, pero podría haber sido cualquier otro hombre que valiera. Stalin no es más insustituible que Lenin o que yo. Nuestra estrategia aquí ha sido una estrategia de sentido común. Y nuestros soldados, nuestros bolcheviques, habrían sido igual de valientes en Kuibyshev. Pese a todas nuestras derrotas militares, nadie ha vencido a nuestro Partido ni a nuestro pueblo. Ahora las cosas van a ir en sentido contrario. Los suyos están ya empezando a evacuar el Cáucaso. No cabe duda alguna de nuestra victoria final.»-«Es posible –repliqué-. Pero ¿qué precio le va a costar todo esto a ese comunismo suyo? Stalin, desde el principio de la guerra, ha invocado los valores nacionales, los únicos que inspiran realmente a los hombres, y no los valores comunistas. Ha vuelto a recurrir a las órdenes zaristas de Suvorov y de Kutusov, y también a las hombreras con galones dorados para los oficiales, que en 1917 sus camaradas de Petrogrado les clavaban en los hombros. En los bolsillos de sus muertos, incluso de los oficiales superiores, encontramos iconos escondidos. Y diré más, sabemos, por los interrogatorios que hacemos, que los valores raciales están a la orden del día en las esferas más elevadas del Partido y del ejército, que hay una mentalidad panrusa y antisemita que Stalin y los dirigentes del Partido cultivan. También ustedes van a empezar a desconfiar de sus judíos y, sin embargo, no son una clase.»-«Seguro que es cierto eso que dice –admitió tristemente-. Con la presión de la guerra, los atavismos suben a la superficie. Pero no hay que olvidarse de lo que era el pueblo ruso antes de 1917, ni de su estado de ignorancia y atraso. No hemos tenido ni veinte años para educarlo y enderezarlo. Es muy poco, se irán enmendando todos esos errores.»-«Creo que está usted en un error. El problema no es el pueblo, son los dirigentes. (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (III)

Posted in Teoría by Jaime García on 30 septiembre 2009

Las-Benevolas

Alzó una mano: «Mire, no insistiré en eso porque es una cuestión de fe y, por lo tanto, las demostraciones lógicas, la razón, no valen para nada. Pero al menos puede usted estar de acuerdo conmigo en un punto: incluso si el análisis de las categorías que intervienen es diferente, nuestras ideologías tienen algo fundamental en común, y es que ambas son esencialmente deterministas: lo suyo es un determinismo racial y lo nuestro un determinismo económico, pero no deja de ser determinismo. Ambos creemos que el hombre no escoge libremente su destino, sino que se lo imponen la naturaleza o la historia. Y ambos sacamos de ello la conclusión de que existen enemigos objetivos, que existen categorías de seres humanos que es legítimo eliminar no por lo que hayan hecho, ni siquiera por lo que hayan pensado, sino por lo que son. Y en esto sólo nos diferencia el establecimiento de las categorías: para ustedes, los judíos, los gitanos, los polacos, los kulakes, los burgueses, los desviacionistas del Partido. En el fondo, es lo mismo; los dos recusamos al homo ecnomicus de los capitalistas, el hombre egoísta, individualista, cuya ilusión de libertad es una trampa, en favor de un homo faber. Not a self made man but a made man, podría decirse en inglés; o más bien un hombre por hacer, pues el hombre comunista está por construir, por educar, igual que el perfecto nacionalsocialista de ustedes. Y ese hombre por hacer justifica que liquidemos sin misericordia todo cuanto no se pueda educar y, en consecuencia, justifica al NKVD y la Gestapo, jardineros del cuerpo social que arrancan las malas hierbas y obligan a las buenas a seguir la dirección que les marcan sus tutores». Le di otro cigarrillo y encendí uno para mí: «Tiene usted unas ideas muy abiertas para ser un politruk bolchevique». Rió con cierta amargura: «Es que mis antiguas relaciones, alemanas y no alemanas, no me favorecieron gran cosa. Cuando a uno lo apartan, le queda tiempo para pensar y, sobre todo, coge uno perspectiva».-«¿Eso es lo que explica que un hombre con un pasado como el suyo esté en una posición tan modesta a fin de cuentas?»-«Seguramente. Hubo un tiempo, sabe, en que era del entorno de Radek, pero no del de Trotsky, lo que también tiene que ver con que esté ahora aquí. Pero le advierto que haber ascendido tan poco no me molesta. No tengo ambición personal alguna. Sirvo a mi Partido y a mi país y me hace feliz morir por ellos. Pero eso no me quita de pensar.»-«Pero si cree que nuestros dos sistemas son idénticos, ¿por qué lucha contra nosotros?»-«¡En ningún momento he dicho que fueran idénticos! Y usted es demasiado inteligente para haber entendido eso. He intentado que viera que la forma en que funcionan nuestras ideologías es parecida. Pero el contenido, por supuesto, es diferente: clase y raza. Desde mi punto de vista, su nacionalsocialismo es una herejía del marxismo.»-«¿En qué piensa usted que la ideología bolchevique es superior a la del nacionalsocialismo?»-«En que quiere el bien de toda la humanidad, mientras que la suya es egoísta y sólo quiere el bien de los alemanes. Como no soy alemán, me sería imposible profesarla, incluso aunque quisiera.»-«Sí, pero si hubiera nacido burgués, como yo, le sería imposible hacerse bolchevique: fueren cuáles fueren sus convicciones íntimas, seguiría siendo un enemigo objetivo.»-«Es cierto, pero eso se debe a la educación. Un hijo de burgueses, un nieto de burgueses, si lo educan desde que nace un país socialista será un buen comunista, un comunista de verdad, por encima de toda sospecha. Cuando sea una realidad la sociedad sin clases, todas las clases se habrán disuelto dentro del comunismo. Y eso, en teoría, vale para el mundo entero, cosa que no sucede con el nacionalsocialismo.»-«En teoría quizá. Pero no puede demostrarlo y, en realidad cometen ustedes crímenes atroces en nombre de esa utopía.»-«No le contestaré diciendo que los crímenes de ustedes son peores. Le diré sin más que, aunque no pedemos demostrar a alguien que se niega a creer en la verdad el marxismo lo pertinente de nuestras esperanzas, sí podemos demostrarles, y vamos a hacerlo de forma muy concreta, lo inane de las suyas. Su racismo biológico defiende que las razas son desiguales entre sí, que algunas de ellas son más fuertes y más válidas que otras, y que la más fuerte y la más válida de todas es la raza alemana. Pero cuando Berlín esté como esta ciudad –señaló el techo con el dedo- y cuando nuestros valientes soldados acampen en su Unter den Linden, no les quedará más remedio, al menos si es que quieren salvar su fe racista, que admitir que la raza eslava es más fuerte que la raza alemana.» (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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