En Clave Internacional

Fascismo y Comunismo (y VI)

Posted in Teoría by Jaime García on 2 octubre 2009

JonathanLittell

-«Es usted un dialéctico excelente, y le doy la enhorabuena; es como si hubiera pasado por una formación comunista. Pero estoy cansado y no pienso pelearme con usted. De todas formas, sólo son palabras. Ni usted ni yo veremos eses futuro que describe.»-«¿Quién sabe? Es usted un comisario de elite. A lo mejor lo mandamos a un campo para interrogarlo.».«No se burle de mí –replicó con dureza-. Sus aviones tienen demasiado limitadas las plazas como para que evacuen ustedes a un pez chico. Sé perfectamente que me van a fusilar dentro de un rato, o mañana. Y no me molesta.» Siguió diciendo, cono tono animado: «¿Conoce al escritor francés Stendhal? Entonces habrá leído seguramente esta frase: Para distinguir a un hombre nada más se me ocurre una condena a muerte. Es lo único que no se compra.» No pude evitar una carcajada sarcástica; él también ser reía, pero de forma más mansa. «Pero ¿de dónde demonios ha sacado eso?», pude preguntar por fin. Se encogió de hombros: «Es que no me he limitado a leer a Marx, ¿sabe?».-«Lástima que no tenga nada de beber –dije-. Me habría gustado invitarlo a algo.» Volví a ponerme serio: «Qué pena que seamos enemigos. En circunstancias diferentes, podríamos habernos llevado bien.»-«Es posible –dijo pensativamente-. Pero también es posible que no.» Me levanté, fui hasta la puerta y llamé al ucraniano. Luego volví tras mi escritorio. El comisario se había puesto de pie e intentaba colocar bien la manga rota. Sin sentarme, le di lo que quedaba de la cajetilla. «Ah gracias –dijo-. ¿Tiene cerillas?» Le di también la caja de cerillas. El ucraniano estaba esperando en el umbral de la puerta. «Me permitirá que no le dé la mano», dijo el comisario con una sonrisita irónica. -«Faltaría más», contesté. El ucraniano lo cogió del brazo y el comisario salió, metiéndose en el bolsillo de la chaqueta la cajetilla y la caja de cerillas. No debería haberle dado la cajetilla entera, me dije; no le va a dar tiempo a acabársela y lo quede se lo fumarán los ucranianos.
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (V)

Posted in Teoría by Jaime García on 1 octubre 2009

J.-Littell

-«Creo que está usted en un error. El problema no es el pueblo, son los dirigentes. El comunismo no es una máscara que le han puesto en la cara a Rusia, pero es la misma de siempre. Ese Stalin suyo es un zar, ese Politburó suyo lo componen boyardos o nobles codiciosos y egoístas, esos dirigentes suyos del Partido son los mismos chinovniki que los Pedro o Nicolás. Esla misma autocracia rusa, la misma inseguridad permanente, la misma incapacidad básica para gobernar como es debido, la misma manera de colocar el terror en el lugar del consenso común y, en consecuencia, del poder auténtico, la misma corrupción desenfrenada bajo formas diferentes, la misma incompetencia, la misma costumbre de emborracharse. Lea la correspondencia de Kurbsky e Ivan, lea a a Karamzin, lea a Custine. El hecho central de la historia rusa no ha cambiado nunca: la humillación, de padres a hijos. Desde el principio, pero sobre todo desde los mogoles, todo los humilla a ustedes y toda la política de sus gobernantes consiste no en enmendar esa humillación y sus causas, sino en ocultársela al resto del mundo. El Petersburgo de Pedro no es sino otra aldea Potemkin: no es una ventana abierta a Europa, sino un decorado teatral construido para ocultar a Occidente toda la miseria y la mugre infinitas que se extienden por detrás. Ahora bien, sólo es posible humillar a los humillables y, a su vez. Sólo los humillados humillan. Los humillados de 1917, desde Stalin hasta el murik, cuanto vienen haciendo desde entonces es infligir a otros su miedo y su humillación. Pues, en este país de humillados, el zar, por mucha fuerza que tenga, es impotente, su volunta de extravía por los pantanos enfangados de su administración y no tarda en verse reducido, como Pedro, a ordenar que se obedezcan sus órdenes; cuando está delante, le hacen reverencias; y, en cuanto vuelve la espalda, le roban o bien organizan conspiraciones en contra suya: todos halagan a sus superiores y oprimen a sus subordinados, todos tienen mentalidad de esclavos, de raby como dicen ustedes, y esa mentalidad de esclavo llega hasta lo más alto; el mayor esclavo de todos es el zar, quien nada puede contra la cobardía y la humillación de su pueblo de esclavos y quien, por lo tanto, en su impotencia, los mata, los aterra y los humilla aún más. Y cada vez que acontece una ruptura de verdad en la historia de Rusia, una oportunidad auténtica de salir de ese ciclo infernal para empezar una historia nueva, la desaprovechan; ante la libertad, esa libertad de 1917 de la que hablaba usted antes, todo el mundo, tanto el pueblo como los dirigentes, retrocede y se refugia en los antiguos reflejos, ya probados. El final de la NEP, la proclamación del socialismo en un único país no es sino eso. Y, además, como las esperanzas no se habían extinguido del todo, hicieron falta las purgas. El panrusismo actual no es sino el desenlace lógico de ese proceso. El ruso, eterno humillado, no tiene sino una forma de salir adelante: identificarse con la gloria abstracta de Rusia. Puede pasarse quince horas diarias trabajando en una fábrica gélida, no comer en toda su vida sino pan negro y berzas, y servir a un patrono regordete que dice que es marxista-leninista, pero va en limusina con sus furcias de lujo y su champaña francés, y le dará lo mismo mientras espere el advenimiento de la Tercera Roma. Y esa Tercera Roma puede llamarse cristiana o comunista, no tiene mayor importancia. En cuanto al director de la fábrica, se pasará la vida temblando por su puesto, halagará a su superior, le hará regalos suntuosos y, si lo destituyen, pondrán en su lugar a toro idéntico, igual de codicioso, igual de inculto y de humillado, e igual de despectivo con sus obreros porque a fin de cuentas está al servicio de un Estado proletario. Día llegará, sin duda, en que desaparezca la fachada comunista, con o sin violencia. Y entonces volverá a aparecer la misma Rusia, intacta. Saldrán ustedes de esta guerra, si es que la ganan, más nacionalsocialistas y más imperialistas que nosotros, pero su socialismo, a diferencia del nuestro, no será sino una palabra vacía y sólo les quedará ya el nacionalismo para agarrarse a algo. En Alemania, y en los países capitalistas, afirman que el comunismo ha arruinado a Rusia, y yo creo lo contario: que es Rusia la que ha arruinado al comunismo. Podría haber sido una idea hermosa. Y ¿quién puede decir qué habría sucedido si la Revolución hubiera ocurrido en Alemania en vez de en Rusia?, si la hubieran dirigido alemanes seguros de sí mismos, como esos amigos suyos, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht? En lo que a mí se refiere, creo que habría sido un desastre, porque el nacionalsocialismo intenta resolver. Pero ¿quién sabe? Lo que sí es seguro es que, al haberse intentado aquí, el experimento comunista sólo podía ser un fracaso. Es como hacer un experimento médico en un entorno contaminado: los resultados sólo valen para tirarlos.» (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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