En Clave Internacional

Fascismo y Comunismo (y VI)

Posted in Teoría by Jaime García on 2 octubre 2009

JonathanLittell

-«Es usted un dialéctico excelente, y le doy la enhorabuena; es como si hubiera pasado por una formación comunista. Pero estoy cansado y no pienso pelearme con usted. De todas formas, sólo son palabras. Ni usted ni yo veremos eses futuro que describe.»-«¿Quién sabe? Es usted un comisario de elite. A lo mejor lo mandamos a un campo para interrogarlo.».«No se burle de mí –replicó con dureza-. Sus aviones tienen demasiado limitadas las plazas como para que evacuen ustedes a un pez chico. Sé perfectamente que me van a fusilar dentro de un rato, o mañana. Y no me molesta.» Siguió diciendo, cono tono animado: «¿Conoce al escritor francés Stendhal? Entonces habrá leído seguramente esta frase: Para distinguir a un hombre nada más se me ocurre una condena a muerte. Es lo único que no se compra.» No pude evitar una carcajada sarcástica; él también ser reía, pero de forma más mansa. «Pero ¿de dónde demonios ha sacado eso?», pude preguntar por fin. Se encogió de hombros: «Es que no me he limitado a leer a Marx, ¿sabe?».-«Lástima que no tenga nada de beber –dije-. Me habría gustado invitarlo a algo.» Volví a ponerme serio: «Qué pena que seamos enemigos. En circunstancias diferentes, podríamos habernos llevado bien.»-«Es posible –dijo pensativamente-. Pero también es posible que no.» Me levanté, fui hasta la puerta y llamé al ucraniano. Luego volví tras mi escritorio. El comisario se había puesto de pie e intentaba colocar bien la manga rota. Sin sentarme, le di lo que quedaba de la cajetilla. «Ah gracias –dijo-. ¿Tiene cerillas?» Le di también la caja de cerillas. El ucraniano estaba esperando en el umbral de la puerta. «Me permitirá que no le dé la mano», dijo el comisario con una sonrisita irónica. -«Faltaría más», contesté. El ucraniano lo cogió del brazo y el comisario salió, metiéndose en el bolsillo de la chaqueta la cajetilla y la caja de cerillas. No debería haberle dado la cajetilla entera, me dije; no le va a dar tiempo a acabársela y lo quede se lo fumarán los ucranianos.
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (V)

Posted in Teoría by Jaime García on 1 octubre 2009

J.-Littell

-«Creo que está usted en un error. El problema no es el pueblo, son los dirigentes. El comunismo no es una máscara que le han puesto en la cara a Rusia, pero es la misma de siempre. Ese Stalin suyo es un zar, ese Politburó suyo lo componen boyardos o nobles codiciosos y egoístas, esos dirigentes suyos del Partido son los mismos chinovniki que los Pedro o Nicolás. Esla misma autocracia rusa, la misma inseguridad permanente, la misma incapacidad básica para gobernar como es debido, la misma manera de colocar el terror en el lugar del consenso común y, en consecuencia, del poder auténtico, la misma corrupción desenfrenada bajo formas diferentes, la misma incompetencia, la misma costumbre de emborracharse. Lea la correspondencia de Kurbsky e Ivan, lea a a Karamzin, lea a Custine. El hecho central de la historia rusa no ha cambiado nunca: la humillación, de padres a hijos. Desde el principio, pero sobre todo desde los mogoles, todo los humilla a ustedes y toda la política de sus gobernantes consiste no en enmendar esa humillación y sus causas, sino en ocultársela al resto del mundo. El Petersburgo de Pedro no es sino otra aldea Potemkin: no es una ventana abierta a Europa, sino un decorado teatral construido para ocultar a Occidente toda la miseria y la mugre infinitas que se extienden por detrás. Ahora bien, sólo es posible humillar a los humillables y, a su vez. Sólo los humillados humillan. Los humillados de 1917, desde Stalin hasta el murik, cuanto vienen haciendo desde entonces es infligir a otros su miedo y su humillación. Pues, en este país de humillados, el zar, por mucha fuerza que tenga, es impotente, su volunta de extravía por los pantanos enfangados de su administración y no tarda en verse reducido, como Pedro, a ordenar que se obedezcan sus órdenes; cuando está delante, le hacen reverencias; y, en cuanto vuelve la espalda, le roban o bien organizan conspiraciones en contra suya: todos halagan a sus superiores y oprimen a sus subordinados, todos tienen mentalidad de esclavos, de raby como dicen ustedes, y esa mentalidad de esclavo llega hasta lo más alto; el mayor esclavo de todos es el zar, quien nada puede contra la cobardía y la humillación de su pueblo de esclavos y quien, por lo tanto, en su impotencia, los mata, los aterra y los humilla aún más. Y cada vez que acontece una ruptura de verdad en la historia de Rusia, una oportunidad auténtica de salir de ese ciclo infernal para empezar una historia nueva, la desaprovechan; ante la libertad, esa libertad de 1917 de la que hablaba usted antes, todo el mundo, tanto el pueblo como los dirigentes, retrocede y se refugia en los antiguos reflejos, ya probados. El final de la NEP, la proclamación del socialismo en un único país no es sino eso. Y, además, como las esperanzas no se habían extinguido del todo, hicieron falta las purgas. El panrusismo actual no es sino el desenlace lógico de ese proceso. El ruso, eterno humillado, no tiene sino una forma de salir adelante: identificarse con la gloria abstracta de Rusia. Puede pasarse quince horas diarias trabajando en una fábrica gélida, no comer en toda su vida sino pan negro y berzas, y servir a un patrono regordete que dice que es marxista-leninista, pero va en limusina con sus furcias de lujo y su champaña francés, y le dará lo mismo mientras espere el advenimiento de la Tercera Roma. Y esa Tercera Roma puede llamarse cristiana o comunista, no tiene mayor importancia. En cuanto al director de la fábrica, se pasará la vida temblando por su puesto, halagará a su superior, le hará regalos suntuosos y, si lo destituyen, pondrán en su lugar a toro idéntico, igual de codicioso, igual de inculto y de humillado, e igual de despectivo con sus obreros porque a fin de cuentas está al servicio de un Estado proletario. Día llegará, sin duda, en que desaparezca la fachada comunista, con o sin violencia. Y entonces volverá a aparecer la misma Rusia, intacta. Saldrán ustedes de esta guerra, si es que la ganan, más nacionalsocialistas y más imperialistas que nosotros, pero su socialismo, a diferencia del nuestro, no será sino una palabra vacía y sólo les quedará ya el nacionalismo para agarrarse a algo. En Alemania, y en los países capitalistas, afirman que el comunismo ha arruinado a Rusia, y yo creo lo contario: que es Rusia la que ha arruinado al comunismo. Podría haber sido una idea hermosa. Y ¿quién puede decir qué habría sucedido si la Revolución hubiera ocurrido en Alemania en vez de en Rusia?, si la hubieran dirigido alemanes seguros de sí mismos, como esos amigos suyos, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht? En lo que a mí se refiere, creo que habría sido un desastre, porque el nacionalsocialismo intenta resolver. Pero ¿quién sabe? Lo que sí es seguro es que, al haberse intentado aquí, el experimento comunista sólo podía ser un fracaso. Es como hacer un experimento médico en un entorno contaminado: los resultados sólo valen para tirarlos.» (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (IV)

Posted in Teoría by Jaime García on 30 septiembre 2009

Fascismo-y-Comunismo

No me inmuté: «Cree sinceramente que, si casi no han podido defender Stalingrado, van a tomar Berlín. Está usted de guasa».-«No lo creo, lo sé. Basta con fijarse en los respectivos potenciales militares. Eso sin contar con el segundo frente que nuestros aliados van a abrir en Europa dentro de nada. Están ustedes acabados.»-«Pelearemos hasta el último cartucho.»-«Desde luego, pero perecerán pese a todo. Y Stalingrado quedará como símbolo de su derrota. Lo cual será un error. Desde mi punto de vista, la guerra la perdieron ya el año pasado, cuando los detuvimos ante Moscú. Perdimos territorio, ciudades, hombres, todo eso puede sustituirse. Pero el Partido no se ha ido al garete y ésa era la única esperanza que ustedes tenían. Sin eso, incluso aunque hubieran tomado Stalingrado, no habría cambiado nada. Y, además, podrían haber tomado Stalingrado si no hubieran cometido tantos errores, si no nos hubieran subestimado tanto. No era algo inevitable que los derrotásemos aquí y que su 6.º Ejército quedara completamente destruido. Pero, y si hubieran ganado en Stalingrado, ¿qué? Nosotros habríamos seguido en Ulianovsk, en Kuibyshev, en Moscún, en Sverdlovsk. Y, al final, les habríamos hecho lo mismo algo más allá. Claro que el símbolo no habría sido igual, no habría sido la ciudad de Stalin. Pero, en el fondo, ¿quién es Stalin? ¿Y qué nos importan a todos nosotros los bolcheviques, su desmesura y su gloria? A nosotros, que estamos aquí y morimos a diario, ¿qué nos importan sus telefonazos cotidianos a Yukov? No es Stalin quien da a nuestros hombres valor para abalanzarse ante las ametralladoras de ustedes. Claro que se necesita un jefe, se necesita a alguien que lo coordine todo, pero podría haber sido cualquier otro hombre que valiera. Stalin no es más insustituible que Lenin o que yo. Nuestra estrategia aquí ha sido una estrategia de sentido común. Y nuestros soldados, nuestros bolcheviques, habrían sido igual de valientes en Kuibyshev. Pese a todas nuestras derrotas militares, nadie ha vencido a nuestro Partido ni a nuestro pueblo. Ahora las cosas van a ir en sentido contrario. Los suyos están ya empezando a evacuar el Cáucaso. No cabe duda alguna de nuestra victoria final.»-«Es posible –repliqué-. Pero ¿qué precio le va a costar todo esto a ese comunismo suyo? Stalin, desde el principio de la guerra, ha invocado los valores nacionales, los únicos que inspiran realmente a los hombres, y no los valores comunistas. Ha vuelto a recurrir a las órdenes zaristas de Suvorov y de Kutusov, y también a las hombreras con galones dorados para los oficiales, que en 1917 sus camaradas de Petrogrado les clavaban en los hombros. En los bolsillos de sus muertos, incluso de los oficiales superiores, encontramos iconos escondidos. Y diré más, sabemos, por los interrogatorios que hacemos, que los valores raciales están a la orden del día en las esferas más elevadas del Partido y del ejército, que hay una mentalidad panrusa y antisemita que Stalin y los dirigentes del Partido cultivan. También ustedes van a empezar a desconfiar de sus judíos y, sin embargo, no son una clase.»-«Seguro que es cierto eso que dice –admitió tristemente-. Con la presión de la guerra, los atavismos suben a la superficie. Pero no hay que olvidarse de lo que era el pueblo ruso antes de 1917, ni de su estado de ignorancia y atraso. No hemos tenido ni veinte años para educarlo y enderezarlo. Es muy poco, se irán enmendando todos esos errores.»-«Creo que está usted en un error. El problema no es el pueblo, son los dirigentes. (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (III)

Posted in Teoría by Jaime García on 30 septiembre 2009

Las-Benevolas

Alzó una mano: «Mire, no insistiré en eso porque es una cuestión de fe y, por lo tanto, las demostraciones lógicas, la razón, no valen para nada. Pero al menos puede usted estar de acuerdo conmigo en un punto: incluso si el análisis de las categorías que intervienen es diferente, nuestras ideologías tienen algo fundamental en común, y es que ambas son esencialmente deterministas: lo suyo es un determinismo racial y lo nuestro un determinismo económico, pero no deja de ser determinismo. Ambos creemos que el hombre no escoge libremente su destino, sino que se lo imponen la naturaleza o la historia. Y ambos sacamos de ello la conclusión de que existen enemigos objetivos, que existen categorías de seres humanos que es legítimo eliminar no por lo que hayan hecho, ni siquiera por lo que hayan pensado, sino por lo que son. Y en esto sólo nos diferencia el establecimiento de las categorías: para ustedes, los judíos, los gitanos, los polacos, los kulakes, los burgueses, los desviacionistas del Partido. En el fondo, es lo mismo; los dos recusamos al homo ecnomicus de los capitalistas, el hombre egoísta, individualista, cuya ilusión de libertad es una trampa, en favor de un homo faber. Not a self made man but a made man, podría decirse en inglés; o más bien un hombre por hacer, pues el hombre comunista está por construir, por educar, igual que el perfecto nacionalsocialista de ustedes. Y ese hombre por hacer justifica que liquidemos sin misericordia todo cuanto no se pueda educar y, en consecuencia, justifica al NKVD y la Gestapo, jardineros del cuerpo social que arrancan las malas hierbas y obligan a las buenas a seguir la dirección que les marcan sus tutores». Le di otro cigarrillo y encendí uno para mí: «Tiene usted unas ideas muy abiertas para ser un politruk bolchevique». Rió con cierta amargura: «Es que mis antiguas relaciones, alemanas y no alemanas, no me favorecieron gran cosa. Cuando a uno lo apartan, le queda tiempo para pensar y, sobre todo, coge uno perspectiva».-«¿Eso es lo que explica que un hombre con un pasado como el suyo esté en una posición tan modesta a fin de cuentas?»-«Seguramente. Hubo un tiempo, sabe, en que era del entorno de Radek, pero no del de Trotsky, lo que también tiene que ver con que esté ahora aquí. Pero le advierto que haber ascendido tan poco no me molesta. No tengo ambición personal alguna. Sirvo a mi Partido y a mi país y me hace feliz morir por ellos. Pero eso no me quita de pensar.»-«Pero si cree que nuestros dos sistemas son idénticos, ¿por qué lucha contra nosotros?»-«¡En ningún momento he dicho que fueran idénticos! Y usted es demasiado inteligente para haber entendido eso. He intentado que viera que la forma en que funcionan nuestras ideologías es parecida. Pero el contenido, por supuesto, es diferente: clase y raza. Desde mi punto de vista, su nacionalsocialismo es una herejía del marxismo.»-«¿En qué piensa usted que la ideología bolchevique es superior a la del nacionalsocialismo?»-«En que quiere el bien de toda la humanidad, mientras que la suya es egoísta y sólo quiere el bien de los alemanes. Como no soy alemán, me sería imposible profesarla, incluso aunque quisiera.»-«Sí, pero si hubiera nacido burgués, como yo, le sería imposible hacerse bolchevique: fueren cuáles fueren sus convicciones íntimas, seguiría siendo un enemigo objetivo.»-«Es cierto, pero eso se debe a la educación. Un hijo de burgueses, un nieto de burgueses, si lo educan desde que nace un país socialista será un buen comunista, un comunista de verdad, por encima de toda sospecha. Cuando sea una realidad la sociedad sin clases, todas las clases se habrán disuelto dentro del comunismo. Y eso, en teoría, vale para el mundo entero, cosa que no sucede con el nacionalsocialismo.»-«En teoría quizá. Pero no puede demostrarlo y, en realidad cometen ustedes crímenes atroces en nombre de esa utopía.»-«No le contestaré diciendo que los crímenes de ustedes son peores. Le diré sin más que, aunque no pedemos demostrar a alguien que se niega a creer en la verdad el marxismo lo pertinente de nuestras esperanzas, sí podemos demostrarles, y vamos a hacerlo de forma muy concreta, lo inane de las suyas. Su racismo biológico defiende que las razas son desiguales entre sí, que algunas de ellas son más fuertes y más válidas que otras, y que la más fuerte y la más válida de todas es la raza alemana. Pero cuando Berlín esté como esta ciudad –señaló el techo con el dedo- y cuando nuestros valientes soldados acampen en su Unter den Linden, no les quedará más remedio, al menos si es que quieren salvar su fe racista, que admitir que la raza eslava es más fuerte que la raza alemana.» (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (II)

Posted in Teoría by Jaime García on 29 septiembre 2009

Hitler-y-Stalin

En 1929, hice de intérprete de esos oficiales suyos que venían a entrenarse a la Rusia soviética y a probar sus armas nuevas y sus tácticas nuevas. Aprendimos mucho de ustedes.»-«Sí, pero no le sacaron provecho. Stalin se cargó a todos los oficiales que habían asumido nuestros conceptos, empezando por Tujachevski.»-«Echo mucho de menos a Tujachevski. Personalmente, quiero decir. Políticamente, no puedo juzgar a Stalin. Quizá fue una equivocación. También los bolcheviques se equivocan. Pero lo importante es que tenemos fuerza suficiente para purgar con regularidad nuestras propias filas, para eliminar a los que se desvían o a los que se corrompen. Y ésa es una fuerza que a ustedes les falta: su Partido se pudre por dentro.»-«También nosotros tenemos problemas. En el SD lo sabemos mejor que nadie, y trabajamos para mejorar el Partido y el Volk» Sonrió calmosamente: «En el fondo, nuestros dos sistemas no son tan diferentes. Por lo menos en principio».-«Curiosas palabras en labios de un comunista»-«No tanto, si lo piensa bien. ¿Qué diferencia hay en el fondo entre el nacionalsocialismo y el socialismo en un solo país»-«Y en tal caso, ¿por qué estamos metidos en una lucha a muerte como ésta?»-«Ustedes lo quisieron, no nosotros. Estábamos dispuestos a algunas contemporizaciones. Pero ha pasado como pasó antiguamente con los cristianos y los judíos: en lugar de unirse al Pueblo de Dios, con el que tenían todo en común, para formar un frente único contra los paganos, los cristianos prefirieron, por envidia seguramente, dejar que los paganizaran y revolverse, para mayor desdicha suya, contra los testigos de la verdad. Y fue un estropicio tremendo.»-«Supongo que, en esa comparación, los judíos son ustedes.»-«Por supuesto. A fin de cuentas, nos lo copiaron ustedes todo, aunque no yaya sido más que caricaturizándolo. Y no me refiero sólo a los símbolos, como la bandera roja y el Primero de Mayo. Hablo de los conceptos que más valora su Weltanschauung.»-«¿En qué sentido lo dice?» Empezó a contar con los dedos, al estilo ruso, doblándolos uno a uno a partir del meñique: «En donde el comunismo aspira a una sociedad sin clases, ustedes predican la Volksgemeinschaft, que, en el fondo, es exactamente lo mismo, limitado a sus fronteras. En donde Marx veía al proletariado como portador de la verdad, ustedes decidieron que la supuesta raza alemana es una raza proletaria en la que se encarnan el Bien y la ética; por lo tanto, en el lugar de la lucha de clases han puesto la guerra proletaria alemana contra los Estados capitalistas. En economía, sus ideas son también únicamente deformaciones de nuestros valores. Estoy bien enterado de su economía política porque antes de la guerra traducía para el Partido artículos de su prensa especializada. En donde Marx estableció una teoría del valor basado en el trabajo, su Hitler dice: Nuestro marco alemán, que no se apoya en el oro, vale más que el oro. Esta frase, un tanto oscura, la comentó el brazo derecho de Goebbels, Dietrich, quien explicaba que el nacionalsocialismo se había percatado de que la mejor base para una divisa es la confianza en las fuerzas productoras de la Nación y en la dirección del Estado. El resultado es que el dinero se ha convertido para ustedes en un fetiche que representa el poder de producción de su país, es decir, en una aberración total. Las relaciones que mantienen ustedes con sus grandes capitalistas son burdamente hipócritas, sobre todo desde las reformas del ministro Speer: los responsables alemanes siguen preconizando la libre empresa, pero todas las industrias alemanas están sometidas a un plan y tienen un límite del seis por ciento en los beneficios, y el Estado se queda con lo que sobrepasa esa cantidad y, además, con la producción». Dejó de hablar. «También en el nacionalsocialismo hay desviaciones», respondí por fin. Y le expliqué brevemente las tesis de Ohlendorf. «Sí –dijo-, conozco bien sus artículos. Pero él también va descaminado. Porque ustedes no imitan al marxismo, sino que lo pervierten. Poner, en lugar de la clase, la raza, hecho que desemboca en su racismo proletario, es un contrasentido absurdo.»-«No más que la noción que tienen ustedes de la guerra de clases perpetua. Las clases son una circunstancia histórica; aparecieron en un momento dado y desaparecerán de la misma forma, confundiéndose armoniosamente dentro de la Volksgemeinschaft, en vez de zurrarse. Mientras que la raza es un hecho biológico, natural y, por lo tanto, ineludible.» (…)
Jonathan Littell, ‘Las Benévolas’.

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Fascismo y Comunismo (I)

Posted in Teoría by Jaime García on 28 septiembre 2009

jonathan-littellA menudo se utiliza el lugar común “los extremos se tocan”. En ciertos casos, el frecuente uso del dicho no le resta actualidad. El texto que sigue a continuación (lo publicaré en varias entradas) es un fragmento de la novela ‘Las Benévolas’ de Jonathan Littell (traducido por María Teresa Gallego Urrutia) y reproduce el interrogatorio que efectúa un oficial de la SD a un miembro del Partido Comunista de la antigua Unión Soviética. En el fondo, las raíces del Fascismo y del Comunismo no son tan distintas:

Uno de los ucranianos me trajo al hombre con las esposas puestas. Llevaba la chaquetilla corta de las unidades de carros de combate, grasienta y con la manga derecha desgarrada en la sisa; tenía un lado de la cara completamente despellejado, como en carne viva; del otro lado, una contusión morada le cerraba casi el ojo; pero debía de ir recién afeitado cuando lo cogieron. El ucraniano lo tiró de mala manera encima de una sillita escolar, ante mi escritorio. «Quítale las esposas –le ordené-. Y vete a esperar al pasillo.» El ucraniano se encogió de hombros, le quitó las esposas y se fue. «Son simpáticos nuestros traidores nacionales, ¿verdad?», dijo el hombre, en tono de guasa. Pese al acento, hablaba un alemán que se entendía bien. «Pueden llevárselos cuando se vayan.»-«No nos vamos a ir», contesté muy seco.-«Ah, pues mejor. Así nos ahorramos tener que perseguirlos para fusilarlos.»-«Soy el Hauptsturmführer doctor Aue –dije-. ¿Y usted?» Me hizo una leve reverencia, sin levantarse. «Pravdin, Ilia Semionovich, para servirle.» Saqué una de mis últimas cajetillas: «¿Fuma?». Sonrió y vi que le faltaban dos dientes: «¿Por qué los polis siempre le dan a uno cigarrillos? Siempre que me han detenido, me han dado cigarrillos. Dicho lo cual, no se lo voy a despreciar». Le alargué uno y se inclinó hacia delante para que se lo encendiera. «¿Qué graduación tiene?», le pregunté. Soltó una larga bocanada de humo con un suspiro de satisfacción: «Sus soldados se mueren de hambre, pero ya veo que los oficiales todavía tiene cigarrillos buenos. Soy comisario de regimiento. Pero hace poco nos pusieron grados militares y me dieron el de teniente coronel».-«Pero usted es miembro del Partido, y no oficial del Ejército Rojo.»-«Exactamente. ¿Y usted? ¿Usted es miembro de la Gestapo?»-«Del SD. No es exactamente lo mismo.»-«Estoy al tanto de la diferencia. He interrogado y a bastantes de los suyos.»-«¿Y cómo es que un comunista como usted se ha dejado capturar?» Se le ensombreció la expresión: «Durante un asalto, explotó un proyectil de obús y me cayeron unos cascotes en la cabeza». Se señaló la parte despellejada de la cara. «Me quedé sin conocimiento. Supongo que mis camaradas me dieron por muerto. Cuando volví en mí, estaba en manos de los suyos. No había nada que hacer», concluyó, melancólicamente.-«Un poitruk de elite que va a primera línea no suele ser frecuente, ¿no?»-«Habían matado al comandante y tuve que reunir a los hombres. Pero, en general, estoy de acuerdo con usted: los hombres no ven lo suficiente en la línea de fuego a los responsables del Partido. Algunos abusan de sus privilegios. Pero ya remediaremos esos abusos.» Se tocaba con cuidado, con las yemas de los dedos, la carne amoratada y magullada alrededor del ojo. «¿Eso también es de la explosión?» Tuvo otra sonrisa desdentada: «No, esto han sido sus colegas. Supongo que ya conoce estos sistemas».-«Desde luego. No me quejo.» Hice una pausa. «¿Qué edad tiene, si es que me permite preguntárselo?», dije por fin.-«Cuarenta y dos años. Nací con el siglo, como ese Himmler de ustedes.»-«Así que vivió usted la Revolución.» Se rió: «¡Pues claro! Soy militante bolchevique desde los quince años. Pertenecí a un soviet de obreros en Petrogrado. ¡No puede imaginarse qué época fue aquélla! Qué vendaval de libertad».-«Mucho ha cambiado entonces.» Se quedó pensativo: «Si, es cierto. Seguramente el pueblo ruso no estaba preparado para una libertad tan inmensa y tan inmediata. Pero ya irá llegando el momento poco a poco. Hay que educarlo primero».-«¿Y dónde aprendió el alemán?» Volvió a sonreír. «Lo aprendí yo solo, a los dieciséis años, con unos prisioneros de guerra. Luego, el propio Lenin me envió con los comunistas alemanes. ¡Fíjese que conocí a Liebkenecht, a Luxemburg! Unas personas extraordinarias. Y, después de la guerra civil, volví varias veces a Alemania, de forma clandestina, para mantener contactos con Thälmann y con otros. Usted no sabe qué vida he tenido. (…)

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